
Harrison Ford, que hoy cumple 67 años, ganó 65 millones de dólares por Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal El actor estadunidense Harrison Ford, famoso por las películas Star Wars, Indiana Jones y Blade runner, festejará hoy su cumpleaños número 67 como uno de los artistas mejor pagados de Hollywood.
Aunque no suele figurar entre las celebridades que acaparan la atención de los medios de comunicación, Harrison Ford obtuvo el primer lugar en una lista de la revista Forbes sobre los actores mejor remunerados.
Gracias a su participación en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, Ford obtuvo durante 2008 unos 65 millones de dólares.
Su lugar en la lista se debe sólo a una película, que fue lanzada en mayo de 2008. No obstante, el actor ha participado en otras películas que le han dado fama y posicionamiento en la industria del cine, tal es el caso de Star Wars y Air force one.
En el segundo lugar de la lista se ubica Adam Sandler, con 54.9 millones de dólares en ganancias, seguido por Will Smith, quien obtuvo 45 millones. Nicolas Cage y Eddie Murphy comparten la cuarta posición con ganancias de 39 millones de dólares.
El histrión nació el 13 de julio de 1942, en Chicago, Illinois. Vivió una infancia solitaria al lado de sus padres Cristopher y Dorothy, católico y judía respectivamente, quienes lo vieron como un niño regular y nunca destacado en el colegio.
Inquieto y amante de las actividades al aire libre, por lo cual pensó en ser granjero, biólogo marino y hasta piloto aviador, pues una de sus grandes aficiones es la aviación, al grado de contar con varios aviones, un helicóptero y la capacidad para manejarlos.
Comenzó sus estudios en el Ripon College, donde fue expulsado por no cortarse el cabello, y a mediados de los años 60, se trasladó a Los Angeles, California, con la idea de convertirse en actor al lado de su ex compañera de colegio y que a la postre sería su primera esposa, Mary Marquardt.
Ford firmó contrato con la compañía Columbia Pictures, aunque en su debut se limitó a decir una frase en la película Ladrón y amante (1966), de la cual fue despedido porque la empresa no le vio potencial histriónico.
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